La hipnótica luna se reflejaba en el estanque rodeado de hermosas flores, mientras la suave brisa mecía las copas de los árboles. Como cada noche, una grácil figura se acercaba a la orilla, dejando ver su desnuda imagen como si de un adornado espejo se tratase. Le gustaba nadar en la quietud de la noche y dejar su cuerpo contagiarse de los olores florales que el estanque desprendía, mientras cerraba los ojos y se dejaba llevar, feliz.
La sensación era superada, tan sólo cuando Eiel salía de las aguas y el don de la diosa se apoderaba de ella, la entrega de su cuerpo a la forma animal era algo indescriptible e insuperable. Dejaba secar su cuerpo así, mientras sentía la velocidad y la fuerza al correr, sin más obstáculo, ella y su propio ser.
La actividad en el claro reinaba aquella noche, las hogueras estaban encendidas y poco a poco enormes lobos plateados se tumbaban a su alrededor, celebraban la festividad de la luna llena, donde los ancianos contaban historias, leyendas que los sumían en sueños. Eiel siempre se imaginaba viendo a aquellos seres, descubriendo aquellos lugares extraños de las historias, imaginaba, Eiel siempre imaginaba. Como decía Meian, siempre con la cabeza llena de pájaros.
Los lobos habían abandonado su forma animal, ahora hermosos elfos bailaban alrededor de las hogueras, sus manos entrelazadas y sus pies al son de la música que los ancianos dedicaban a Selune cada luna llena. Eiel sonrío abiertamente mientras su cuerpo se transformaba, no imaginaba nada tan hermoso, nada tan agradable como su familia, su hogar. Aun así su cabeza siempre volaba curiosa, siempre se rezagaba para pedirles a los ancianos más historias, que le hablasen de otras tierras, Eiel soñaba, siempre soñaba.
Algún día vería… La elfa se unió al círculo dejándose llevar por los cánticos rítmicos, danzando hasta el amanecer...






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