Os dejo una historia breve de género fantástico que escribí hace un tiempo y que desempolvo ahora para el cuaderno de sueños.
El cielo, dejaba descargar toda la furia contenida en lo que bien podían parecer lustros; como si nunca antes hubiese llovido y esto no fuese sino una batalla de poderes entre dos magos, cuyo único fin, sin duda alguna, fuese eliminar al contrario y obtener así el supremo poder, como si este enfrentamiento hubiese levantado grandes nubes negras y convertido el cielo en un ring de descargas eléctricas.
Los rayos se dejaban ver a muchas leguas de distancia, lo que no evitaba que se pudiera sentir su caída demasiado cerca, el retumbar de los truenos presionaba sus oídos, provocando un intenso dolor. Pese a todo aquello, no se había detenido una sola vez. Caminaba con la vista fija en el camino, siempre al camino, su paso era firme y veloz, aunque pocos lo hubiesen oído llegar, ni tan siquiera si la noche hubiese sido calma.
Sus Pobladas cejas evitaban que la lluvia entrase en sus ojos, el pelo, de color azul, iba recogido en una larga coleta que goteaba en su armadura y finalizaba su descenso en sus puños, que permanecían apretados con tal furia como para destrozar aquello que se interpusiese en su camino.
Murmuraba algo apenas inaudible, una especie de cántico repetido hasta quedarse sin aliento:
–– No tengo el corazón maldito, no haré daño.
Su nombre era Midern Aylomeigne el alma oscura, eso quería decir su nombre; Aylo alma y Meigne negro, oscuro, sombrío, que empleaban en el dialecto élfico del pueblo donde se crió y del que ahora se alejaba.
Recibió este nombre por sus orígenes, su madre, una hermosa elfa, se enamoro locamente de un ser maléfico, un Tiflin, concretamente. Una relación proscrita, envenenada e impura, una herencia con la que Midern habría de cargar eternamente.
Cuando los elfos conocieron la existencia del Tiflin en las inmediaciones de su poblado, se organizaron en partidas de caza para darle muerte. Aunque no estaba en la naturaleza del ser huir de sus enemigos, lo hizo esta vez sin dilación, por el amor que profesaba a la elfa y al niño que esta llevaba en su vientre.
Se refugiaron en una húmeda cueva, al borde de los acantilados que el Tiflin conocía bien, pues fue el lugar elegido por el rompeplanos para crear la puerta de comunicación entre su mundo y en el que ahora se encontraba. Por un tiempo, pareció que la calma había llegado a sus vidas, la elfa dio a luz al ansiado niño de belleza elfica, con pelo azul y dos minúsculos cuernos en su frente como herencia de su padre.
Un mes más tarde, el ser planar había salido bien temprano a procurar el alimento para su compañera y su hijo, apenas se había alejado unas leguas, cuando un grito desgarrador atravesó cielo y tierra; tardó escasos segundos en recuperar la noción de la realidad y regresó con el alma que realmente poseía, un demonio, a clamar venganza.
Lo que sucedió tan solo un instante después, permanecerá en la memoria de Midern para siempre:
Una figura horrenda pero que le resultaba familiar, desmembraba los cuerpos con garras y dientes de lo que más tarde sabría eran Drows, seres humanoides que habitan en las profundidades, sin conocer la luz del sol, sin amor ni benevolencia. Únicamente, un odio irrefrenable hacia las demás criaturas.
Aquella figura familiar que era su padre, se relajo cuando la montaña de miembros y vísceras llenaba el hueco de la pequeña cueva, cogió a su hijo de las calzas y se dispuso a salir corriendo para protegerle, los Drows no tardarían en volver, tan solo había dado un paso, cuando una flecha certera le atravesó la garganta, cayó seco, con el último gesto de levantar su brazo para que el bebe no impactase directamente contra el suelo.
Midern se debatía en la frustración de lo inevitable, el era lo que era, mitad hombre mitad engendro y pese a que había vivido en aquel poblado toda su vida, su extraña naturaleza quiso aflorar abriéndose paso entre nebulosas de recuerdos de su juventud, de su infancia, del día que ahora recordaba como si fuese ayer. Recuerdos de aquel ser que le creó y del que tan solo conservaba el recuerdo del horror, la sangre, las vísceras y el hedor de la muerte junto a una extraña sensación de que, pese a todo, aquella criatura no era el mal en si misma y en el fondo, le recordaba a la pantera que mata sin piedad a aquel que ose amenazar a sus crías. Lo creía y necesitaba corroborarlo, pues el no deseaba convertirse en aquello. Se paró en seco.
Relajó sus puños tensos, a la vez que respiraba hondo unas cuantas veces. Se podía sentir como la tormenta eléctrica aminoraba su furia. Respiró una vez más y giró sus pasos hasta encontrarse en el justo camino por donde había venido. No vaciló hasta llegar al poblado, donde el anciano jefe lo esperaba con una sonrisa amable, Midern sabía desde el momento en que dio media vuelta y más ahora que miraba a los ojos del anciano, que había vencido la naturaleza del mal. Tendría que vivir con la sangre de demonio que llevaba dentro, pero sabía que su alma era pura. Había vencido al enfrentarse a sus peores recuerdos.





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